19 de abril 2020
Ana Carolina Calvo Orrego

Las falsas creencias se refieren a imaginarios sociales que existen sobre el duelo y que se mantienen a partir de frases y comportamientos que pueden dificultar la experiencia y hacerla aún más dolorosa (1). Por eso, vale la pena mencionar algunas frases comunes que escuchan las personas que viven un duelo y aunque pueden tener buena intención, pueden terminar por incrementar el dolor de la pérdida. 

“Superar un duelo significa olvidar a la persona fallecida”

La ausencia de una persona significativa produce el temor al olvido, lo que muchas veces nos lleva a negar el duelo, pensando que si mantenemos ese dolor presente olvidarlo no será posible, aplazando así la resolución del sufrimiento. Sin embargo, un proceso de duelo no se trata de olvidar, sino de transformar el dolor y lograr un recuerdo que no nos produzca malestar.

“El duelo es una enfermedad” o “El duelo es una depresión”

El duelo es una respuesta emocional normal ante la pérdida de un ser querido, no una enfermedad. Comparte algunos síntomas con el trastorno depresivo, pero al estar ligado a la muerte de un ser querido se excluye de este diagnóstico. Podemos tener manifestaciones físicas, cognitivas, emocionales, sociales y espirituales que nos hacen sentir como si estuviéramos enfermos, pero que pueden ser normales en un proceso de duelo. Recordemos que el duelo duele. 

“El tiempo lo cura todo”

Esta idea genera una sensación de pérdida de control y presenta un panorama donde solo se puede esperar a que el dolor desaparezca como por arte de magia. Esto no funciona así. Es cierto que el duelo requiere tiempo, sin embargo, esa expectativa de que el dolor desaparece solo, puede distanciarnos de la experiencia asociada a la muerte del ser querido y el dolor de dicha pérdida, dificultando que podamos asumirla y aceptarla para darle una continuidad a la vida de una forma tranquila y sin angustia. El tiempo no conduce a la resolución del duelo, sino lo que uno haga con ese tiempo. 

“A él/ella no le gustaría que sufrieras”

Esta expresión induce a pensar en la persona fallecida como si estuviera viva, lo que puede bloquear la aceptación de la muerte por parte del doliente, e impulsarlo a censurar determinadas acciones y expresiones por temor a ser visto desde el más allá y desairar a su ser querido. La realidad es que cuando las personas mueren dejan de pensar y sentir, de modo que, si una persona evita el sufrimiento y no concluye su duelo, lo único que ocurre es que no elabora el duelo por la muerte de su ser querido y termina afectando su salud mental. El duelo duele porque nuestro ser querido ha muerto.

“Si no lo superas, no lo/la dejas descansar”

Esta frase tiene el mismo problema que la anterior, pero le suma una responsabilidad enorme a la persona doliente: si no logra elaborar el duelo es culpable de impedir el descanso del fallecido. Recordemos que morir implica dejar de ver, pensar y sentir. Una persona que ha muerto por definición no descansa, ya que sus funciones vitales y sus sentidos ya no existen. La alusión al descanso es muy utilizada cuando se atraviesan largas enfermedades y se les da el sentido de que al terminar la enfermedad con la muerte también termina el sufrimiento, pero no implica que la persona fallecida siga teniendo la posibilidad de percibir el dolor del otro como cuando estaba viva. Una vez nuestro ser querido ha fallecido, nosotros solo somos responsables de nuestro propio proceso. 

“No lo pienses que es peor”

El objetivo final de un proceso de duelo es poder recordar a la persona fallecida con amor y tranquilidad y no con dolor. Para esto, necesitamos pensar en esa persona y en lo mucho que nos duele, para así poder encontrar un sentido a su pérdida. Hablar de esa persona, llamarla por su nombre, narrar las historias y anécdotas de lo vivido, compartir esas experiencias de vida nos facilitan la resignificación de la pérdida disminuyendo la carga emocional de la muerte a los recuerdos. Negar la existencia del dolor y su causa sólo aplaza su resolución. 

“Tú lo que tienes que hacer es distraerte”

Esta es una sugerencia que recibimos a menudo cuando estamos en un proceso de duelo y que se conecta mucho con la anterior. Es cierto que a pesar del fallecimiento de un ser querido tenemos derecho a distraernos e incluso divertirnos, y es importante hacerlo porque necesitamos descansar del dolor, aunque sea por momentos. Sin embargo, esto no se debe convertir en una forma de ocultar y distraer el dolor por considerar el sufrimiento como algo patológico, pues terminamos bloqueando el proceso curativo. El sufrimiento no es patológico en sí mismo, de hecho, es inherente a la vida, pero bloquear, distraer o disfrazar el dolor solo contribuye a complicar el duelo.

“Hay que ser fuerte”

¿Por qué tenemos que ser fuertes en un momento en el que duele el alma? Esta idea conduce a un bloqueo emocional que puede derivar en un duelo complicado, bajo la idea de que la expresión de emociones y del dolor es símbolo de debilidad. Las fortalezas y debilidades del ser humano nada tienen que ver con la expresión emocional, el expresar el dolor y las emociones no son símbolo de debilidad, lo único que evidencian es que se está atravesando un momento difícil que se está en proceso de superar. No se trata de ser fuertes, sino de tener la valentía de vivir ese dolor.

“Los que estamos aquí necesitamos que estés bien”

El duelo duele ¿recuerdan? El dolor no se puede evitar, por lo que estas frases llevan al doliente a encapsular el dolor y prolongarlo o diferirlo con el tiempo. El duelo es un proceso individual que requiere de la expresión emocional para poder elaborarlo, negar su carga afectiva no produce alivio ni reconforta, pues no evita el dolor. Por otro lado, a pesar de ser un proceso individual, es un fenómeno psicosocial, es decir, se puede vivir en familia, entre amigos o compañeros, requiere de apoyo social y, por lo tanto, compartir el dolor con otras personas resulta muy útil para su elaboración. Entre todos es más fácil recuperarnos.

La pérdida de un ser querido implica un momento de crisis y un proceso de reajuste para aquellas personas con las que se tenía una relación afectiva importante, un vínculo significativo, por lo que el doliente debe acostumbrarse a vivir con la ausencia, lo cual es un proceso doloroso. Permitirse vivir la experiencia del sufrimiento, reconocer las emociones, sensaciones y sentimientos nos facilita integrar esa pérdida a la vida que continúa sin que implique una carga constante de angustia. 

Vivir el duelo no implica olvidar al ser querido, este tipo de vínculos no se olvidan porque dejan una huella en nosotros que es imborrable. Vivir el duelo implica que duela esa ausencia, el dolor es proporcional al amor que se tiene por esa persona. Llorar y sentirnos tristes no es sinónimo de debilidad, esto solo habla del dolor tan profundo que sentimos por esa pérdida. Intentar ser fuertes en un momento como este, en el que somos muy vulnerables, es cruel con nosotros mismos y requiere de una energía que en el momento no tenemos, por lo que termina por agotarnos y, muchas veces, enfermarnos. Ser fuertes por otras personas anula nuestro dolor y seguramente el de esos otros, que seguramente también están tratando de ser fuertes, es más fácil compartir el dolor y llorar juntos. El duelo es una experiencia de transformación y aprendizajes que vale la pena vivir, por nosotros y por esa persona que tanto queremos y que ya no está, pero que nos deja muchos significados y aprendizajes que vale la pena rescatar y que van más allá de la muerte. 

Referencias:1. Díaz P, Losantos S, Pastor P. Guía de duelo adulto. Para profesionales socio-sanitarios [Internet]. Fundación Mario Losantos del Campo. FMLC; Available from: https://www.fundacionmlc.org/wp-content/uploads/2020/03/Guia-Duelo-Adulto-FMLC.pdf