La relación entre el apego, la muerte y el duelo

¿Has escuchado alguna vez una expresión como esta: “el problema es que éramos muy apegados, por eso me duele tanto”? 

Siguiendo el sentido de esa frase, para muchos el apego es en sí mismo problemático, ya que suponen que trae muchas dificultades a la hora de las separaciones, pero ¿qué tan cierto es esto?

En términos de supervivencia, los seres humanos tenemos la tendencia a buscar protección y seguridad, lo que logramos a partir de las relaciones que establecemos con los otros. De esta manera, nos vinculamos y creamos lazos afectivos fuertes con personas o animales que se vuelven significativos para nuestras vidas. A esta tendencia a la vinculación afectiva con otros, Bowlby (psicoanalista británico) la denomino “conducta de apego” y tiene un gran valor en términos de supervivencia. 

Este es un concepto muy presente en las teorías del desarrollo psicológico, explicándolo principalmente en la relación de los niños con la madre, pues el apego inicia en la infancia, pero también se da y se evidencia en los adultos, es decir, es constante a lo largo de la vida y define en gran medida el tipo de relaciones que establecemos y nuestras reacciones ante las pérdidas. Sin embargo, al ser un aspecto tan fundamental de la supervivencia, como la nutrición o la sexualidad, no podemos decir que sea malo. 

Es cierto que entre mayor sea la conducta de apego y más fuerte sea el vínculo establecido con otro, más doloroso será el duelo ante su pérdida, ya que el significado que le damos a esa persona, mascota u objeto en nuestras vidas influye en nuestra percepción de supervivencia.  Así, cuando ocurre la muerte de un ser querido, sea persona o mascota, se produce un desequilibrio, de alguna manera hay una ruptura de un vínculo afectivo importante, lo que genera mucha incertidumbre ante el futuro de sí mismo y nuestro mundo, que era estable con la presencia de ese otro, causando a su vez un torbellino de emociones, confusiones y muchas preguntas sin respuestas claras que nos causan dolor y sufrimiento. 

Ahora, el objetivo de un proceso de duelo no es el desapego, ya que esto implicaría eliminar nuestra tendencia a crear vínculos afectivos y significativos para nosotros, conducta que solo nos aislaría y nos haría rechazar cualquier tipo de apoyo social, vital para el bienestar y la supervivencia. El duelo se trata de un proceso de sanación de esa ruptura, como si fuera una herida muy profunda, por eso lleva tiempo y requiere trabajo cognitivo y emocional para volver a recuperar el equilibrio psíquico.

De este modo, el proceso de duelo no busca que nos “desapeguemos” del ser amado, sino que nos permite restablecer nuestro rol y posición en el mundo en convivencia con la ausencia de ese ser querido fallecido, transformando el significado del vínculo que teníamos. Sí implica una renuncia a ese apego o lazo emocional que teníamos con esa persona o mascota, pero también es eso lo que nos permite dar cuenta de la finitud de la vida, una realidad que, cuando se hace consciente, nos lleva a generar transformaciones que nos hacen vivir y relacionarnos de otras maneras.